All by myself (Obama’s elf)

Ya sé, ya sé “ahí va la rara ésta a hablarnos, otra maldita vez, de la obsesión que tiene con Obama” pero no… casi no, al menos.

Como es bien sabido, el día de hoy Donald J. Trump tomó protesta como el presidente número 45 de Estados Unidos. Aquello que creímos que sería la mejor broma del siglo, se convirtió en una horrible horrible realidad para todos (menos para Putin, vaya).

En varios lugares del mundo podemos ver protestas en contra del nuevo presidente. Es evidente que el mundo está preocupado por la desición de los votantes americanos y su polémico sistema electoral, y cómo no: Los gringos le entregaron al adolescente más bully del mundo los códigos de las armas nucleares. Sin embargo, y para ser justos, la tía Hillary tampoco era la salvadora que el mundo esperaba. Ejemplifico usando la mejor analogía que he escuchado sobre la elección americana: “Esta elección es como comprar un teléfono de gama alta: está el iPhone 7, que sabemos que es ‘bueno’ pero no se siente realmente como una mejoría, y tenemos el Galaxy 7, que te explota en la cara”, así que digamos que la elección gringa del 2016 era más o menos como la mexicana del 2012: No importa quien gane, perdemos todos.

Ya sé, ya sé “ahí va la rara ésta a sentirse politóloga”

En realidad, la rara quiere hablar de otra cosa que la consterna mucho más: Los ciudadanos que le dieron el voto a Trump. Para ser honestos, no todos pudieron haber sido hillbillies que se casan con sus primas, portan armas, beben en exceso y usan shorts de la bandera confederada. Ojalá fuese así.  Sin embargo, algunos de los votos que hicieron al magnate el presidente de la nación vecina, provienen de inmigrantes, alumnado universitario y padres de familia.download

¿Qué tenían en la cabeza? No lo sé, pero si tuviera que apostar, le apostaría a la angustia.

Vivimos bajo un modelo que me gusta llamar “La Dictadura de los Correctitos” en la que la súper correción política se convirtió en el estándar, uno imposible de alcanzar, por cierto.

Las muñecas con moños rosas en sus cabellos rizados ahora son un instrumento falocentrista opresor del mismísimo Satanás, ni hablar del microhornito o los juegos de té que tanta dicha me trajeron en la infancia, todos instrumentos de El Maligno. Ahora, las niñas deben educarse sin género y sin temor de Dios, está mal que crean en Santa Claus porque un personaje ficticio no debe dictar cómo es su comportamiento, está mal que vean la diferencia racial entre seres humanos, está mal que señalen que alguien con discapacidad está siendo un perfecto imbécil, Dios nos libre de que quieran convertirse en amas de casa. De haber sabido, me quedo en mi cocina jugando con el microhornito para siempre.

No puedo hablar por los varones, que vaya que también lo pasan mal bajo este sistema, así que los exhorto a maldecir con ahínco lo que La Dictadura de los Correctitos les ha hecho a ustedes. Van, maldigan.

Los correctitos tienen las bases teóricas más chicles del mundo, la ejecución es la que no cuaja con ellos. Me parece maravilloso el trato igualitario, la equidad de género, la falta de prejuicio racial… todo eso es increíble, nos libera de lo que otros sistemas mucho más rígidos nos habían impuesto. Hasta que no. La hiper correción también ahorca y segrega y aquí, en la segregación es en donde muchos de los votantes de Trump se encuentran.

La vertiginosa velocidad con la que todo se mueve hoy en día no da cabida a los que somos más lentos. Habemos quienes no podemos (o no queremos) usar Snapchat, vivir conectados, viajar por el mundo permanentemente o ser entrepreneurs. Y en estas líneas solamente hablo de mi generación, no estoy tomando en cuenta a la generación anterior a la mía, que probablemente reciente mucho más el cambio. Los rezagados nos sentimos oprimidos y asfixiados por los correctitos que siempre, siempre tienen la razón. Llevado a términos prácticos: ¿Cómo se supone que yo, lenta, voy a conseguir un trabajo decente en un sistema que no nota que existo?

El millonario, seis veces en banca rota, Donald Trump llegó con remedios milagrosos y chochitos homeopáticos a querer curar el cáncer, pero cuando uno siente angustia, no mira razones ni hay lógica suficiente para hacerle razonar.

Citando a Bart Simpson: “Y esta es la parte en la que se le rompe el corazón”: Mi negro precioso, Barak Obama, se convirtió en el ícono de La Dictadura de los Correctitos.

6ae1cfe553ed8094d830a39f9671e140No malinterpreten mis palabras, en lo personal jamás había visto a otro mandatario tan cool como él: otorgó derechos a diestra y siniestra, servicios de salud de bajo costo, retiró tropas norteamericanas como nadie antes que él, va por su esposa al aeropuerto y baila. Desde mi punto de vista inexperto y completamente sesgado por el amor que le tengo, lo hizo bien. Sin embargo, volviendo al sector de la población not cool, dudo mucho que se sintieran representados por él. Fueron sus políticas y discursos los que abonaron el terreno en el que Trump se plantó.

Aparentemente no podemos dejar de separar. Ellos y nosotros es un mantra común y lo ha sido siempre. Jugándole a la pitonisa, dudo mucho que esto vaya a cambiar pronto y me llena de tristeza, la verdad. Quizá si estuviéramos menos dispuestos a aleccionar al prójimo y más dispuestos a ver en sus razones y motivos la legitimidad que les confiere el libre albedrío estaríamos un poquito menos jodidos con Trump a la cabeza de EUA. Pero ahorita no, joven.

Mientras tanto, me quedo en mi esquina dándome ánimos porque si bien se viene un periodo difícil, no hay mal que dure cien años, pensando ingenuamente que Bernie Sanders tiene una oportunidad, deseando que un día tengamos un presidente cool porque ya tuvimos muchísimos bullies HDSPM, en fin, si alguien ocupa ando por acá meditando all by myself como el Obama’s elf que soy.

Chiquitín

Crecer apesta.
No hay quien no esté de acuerdo conmigo.

Crecer lo complica todo para todos: primero el acné, los amigos, la escuela, la familia; luego el trabajo, la universidad, los horarios, la familia; más adelante, los
impuestos, las presiones, la tesis, los plagios, los errores de imprenta… Todo se enmaraña al crecer.

La edad y sus achaques llegan justo en el mismo momento que las responsabilidades y los deberes, parece que justo en el momento en el que más necesitamos una tregua, el batallón enemigo se deja caer sin piedad.images (1).jpg

Hace unos años trabajaba, iba a la escuela, salía de fiesta, me desvelaba y me sobraba pila para lo que se
requiriera (generalmente, más fiesta). Hoy fui -de pasada- a Polanco, a Barranca del Muerto y a Ciudad
Universitaria con el nervio ciático inflamado y siento que debí caer muerta hace dos horas, no entiendo
cómo sigo de pie (encuentre todo lo que está mal en la oración anterior).
Hoy por hoy, pequeños
deleites que daba por sentados (como las tardes de cine gratis) se extinguieron porque no hay tiempo o no hay ganas; o sí las hay, pero no hay energía que alcance.

Además, relacionarse con otro ser humano de pronto es más difícil. Yo recuerdo que en la niñez hacía amigos en los juegos de la colonia y éramos los mejores del mundo a los diez minutos. Sabía que nunca los iba a volver a ver y de cualquier modo jugaba con ganas y sin aprehensión, angustia de separación, miedo al abandono o cualquiera de estas cosas que en el presente le dan de comer a mi loquero.

La adultez es un poco como la adolescencia: hay la misma cantidad de drama que de lejos parece irrelevante y de cerca desastroso, pero con cierto poder adquisitivo y muchos ruidos nuevos en las articulaciones. Las tragedias del millennial son lo más divertido del mundo cuando no son propias, porque cuando sí son, mejor hubiéramos nacido muertos.

Todo suena horrible hasta aquí, pero no todo lo es para ser honesta. Existen pequeños oasis de felicidad que nos permiten contrastar lo malo y darle el valor justo al ocasional rayito de sol que nos hace el día. A veces son momentitos invaluables o lugares a los que se vuelve para no enloquecer; a veces son personas, gente que hace todo más ligero, quienes están ahí para darnos un zape o ayudarnos a ver aquello que se nos escapa (como el defecto de tu enemigo que le duele desde que tiene cinco años), esa gente que nos acompaña y arrulla en los momentos de más grande desesperación.

Muy probablemente estoy hablando al tanteo porque no estoy segura de que todos tengamos a alguien así. Yo sí tengo un chiquitín que me da momentitos felices y es en sí misma un lugar al que puedo volver cada que pierdo la razón. No sólo me hace la existencia ligera, sino que es columna y cimiento de la felicidad en mi vida.

Creo que fue Sabines el que dijo “Todos los días te quiero y te odio irremediablemente” (ese bato traía la secundaria en el corazón, pero para ser justos ¿quién no?) y lo entiendo. Así me pasa con ese chiquitín. Me saca de quicio y seguido la quiero ahorcar, pero más seguido aún me hace reír con ganas, me hace recapacitar y con ella entiendo que no todo es malo, que no todo es pesadumbre.

La vida nos puso cerquita un día que yo andaba buscando un encendedor y ella un cigarro y como todo aquello que requiere un par, me la quedé para siempre sin saber que estaba tomando una de las mejores decisiones de mi vida. Ella es esa persona que me defendió en lo indefendible y me dio un zape cuando me zafé de lo inconcebible. No se separó un solo día de mí cuando, por accidentada, necesité de quién me alimentara hasta el espíritu. Es mi constante proveedor de epifanías y me hace sentir llena
cuando ando menguante.images.jpg

Con ella he bailado en el mar, he cantado en el transporte público, he trabajado de mentis y muy de a de
veras, he jugado como niña chiquita en paseo escolar de camino a Tepoztlán; hemos defendido a
propios y extraños de ultrajes pequeños y grandes, nos quedamos despiertas toda la noche para ver el
rancho de los Fernández que resultó ser un puntito de luz a lo lejos en medio de la nada; con ella me
discriminaron por chilanga… A su lado me convertí en un adulto.
Las cosas más triviales son fundamentales porque no se fue de casa: aprendí que el supermercado puede ser mi jardín zen, que la extroversión tiene muchos matices, que el tiempo es tan relativo que uno puede no tenerlo y, al mismo tiempo, disponerlo para dárselo a alguien más y que no hay pero que valga cuando buscas el bienestar de otro sin importar que sacrificas.

Seguramente hay muchas cosas más que estoy olvidando mencionar que ya son tan parte de mí como de sí y a la larga se volvieron borrosas. Nadie recuerda en quién se originaron, pero todos saben que son el sello del pacto que tenemos la una con la otra. Cositas chiquitas, pero importantes (como decirnos chiquitín), que forman parte de los cimientos del ser humano que soy el día de hoy.

Hay a quien no le gustan los cumpleaños. Conocí a alguien que me dijo: “No sé por qué me felicitan, solamente le di otra vuelta al sol”, y acá entre nos, el vato nomás hacía eso. Hoy es cumpleaños de mi chiquitín y le celebro la vuelta al sol, los momentos increíbles de lealtad y amor que me ha dado, las lágrimas que me ha enjugado (que no han sido pocas), la entrenada paciencia que se reserva para mí y la brutal honestidad en la que basamos nuestra amistad entera.

Crecer apesta y nada puedo hacer al respecto: seguiré creciendo hasta donde me dé la burlona vida con una sonrisa en la boca porque mi chiquitín anda cerca de mí en esta vaina y la vida nada puede hacer al respecto. Yo salí ganando.

Días de asueto

Ayer me enseñaron una imagen que decía: “No llegues al trabajo quejándote de lo cansado que estás después de un puente largo”.

Esta imagen hizo dos cosas por mí:

1) Me quise quejar de lo cansada que estaba.

2) Me di cuenta de que los días de asueto hacen la vida más difícil.

Un día de asueto no es una vacación. Es un día que, si tenemos a bien, caerá en lunes y nos hará el fin de semana de tres días. Y por algún motivo deseamos emprender viajes de ensueño y images (4)planes loquísimos con ese día extra de descanso. Y es verdad que uno llega más cansado después de un puente, no importa lo que
los buenos modales digan, estás cansado de lo que hiciste o de lo que no hiciste o de lo que no pudiste hacer.

Consideramos esos días como un oasis y no son más que un espejismo.

¿A quién se le ocurre que es buena idea aventarse un viaje loquísimo en tres días? A todos. Este comportamiento se lo adjudico a la falta de descanso verdadero que tenemos el resto de los días de no-asueto. Que si los jefes, que si la carga de trabajo, que si es fin de mes… Hablo por mí (pero siéntanse libres de levantar la mano), cuando digo que termino trabajando once horas al día sin saber exactamente si estoy haciendo algo bueno por alguien, si mi trabajo es valioso o si alguien se puede beneficiar de él. images (3)Pero trabajo mucho, mucho y al fin de la jornada las formas de mi madre se pierden en la nada (discúlpenme el lapsus). ¿Qué decía? Ah sí, sí trabajo mucho sin saber si hay un propósito detrás. Digo, no soy quien va a curar el cáncer, ni inventaré prótesis que se auto regeneren, ni revolucionaré el internet… No quiero trabajar para anhelar descansar y al parecer es lo que estoy haciendo.

Y además los días de descanso que nos regalan la nación y la religión los paso sintiéndome culpable, porque debería estar chambeando o adelantando algo, porque el lunes siguiente (ese del que hablaba, en el que no me puedo quejar de nada) va a estar bien pesado el trabajo. Y todo volverá a su ciclo.

En fin, así es esto de las gelatinas, unas cuajan y otras nos debemos comportar ad hoc después de un puente.

Distancias.

La vida me ha llevado a un punto en el que mis conversaciones con adultos son sobre niños y adolescentes: que si debemos educarlos mejor, que si tal o cual cosa les llama más la atención, que si mejor esa ya no porque es poco pedagógica… en fin, la juventud me rodea hoy en día. Y lejos de chupar el brío de las almas de los más pequeños como Madonna hubiese querido, me siento muy cansada la mayor parte del tiempo.

wpid-img_20150210_194821.jpgHaciendo un ejercicio de reflexión honesta, dudo que el exceso de chaviza sea el que me hace sentir así. El ajustarme a nuevos horarios me ha resultado brutal, aunque duerma más (o eso me haga creer) y la distancia entre mi hogar y el trabajo sea más corta que antes.

Recientemente en mis zambullidas de temario de física para secundaria recordé que la distancia es igual a la velocidad por el tiempo; aunque según mi experiencia la podemos medir de muchas otras maneras. En mi caso, por ejemplo, la distancia siempre la he medido en esperas. No hay distancia (que valga la pena medir) que no involucre largas esperas: un minuto de microondas, que termine el día, esperar por alguien, esperar que todo siga como siempre, como se dejó la noche anterior, porque la distancia pudo ya haber pasado por allí y haberlo trastocado todo.

Asumo como cierto que todos aquí sabemos que la distancia está viva. No como un ser humano del que se espera que vaya y venga, razone y decida -que no siempre, la verdad- si no como un bichito, un tanto autómata, un tanto instinto: un ser que va mordisqueando lo deja detrás, cuya presencia se puede sentir, incluso anticipar.

El mundo de los insectos es verdaderamente despiadado, sin ir muy lejos: la mantis religiosa se come la cabeza del macho mientras están copulando – ¿Qué carajo, mantis? Ni lo sagrado respetas-. La cosa es que los bichitos no hacen ruido, no se quejan, ni lloran, ni gritan de dolor. Agonizan, pelean e invaden en silencio y un día cuando menos lo esperas, sin importar que hayas tapiado puertas y ventanas, tienes en la cocina un montón de distancia, digo, de hormigas.sad cat

No sé qué tanto hay entre la persona que soy, la que seré y la que pretendo ser. Existe un trecho grande entre las tres difícil de calcular, y corro en círculos intentando conectar los tres puntos exigiéndome líneas rectas que no soy capaz de trazar. Quiero ser buena en lo que hago, quiero ser un ejemplo, tenerlo todo bajo control y tener un plan por si algo se sale de control, pero no puedo ni hacer ni serlo todo… y termino teniendo una hectárea entre quien soy y quien seré y un mundo entre quien seré y quien aspiro ser.

Sé que hay largos trayectos que me quedan por recorrer, y lo sé no porque sea muy sabia, sino porque así es la vida. Los trayectos, por cortos que sean son bastante ajetreados, están llenos de decisiones por tomar o tomadas accidentalmente, interminables trayectos de aridez, y hermosos y largos parajes de felicidad. Eventualmente nos acostumbramos a la periodicidad de los intervalos: Por cada dos o tres malos hay uno bueno, por cada bueno hay uno terrible, por cada terrible hay seis bien equis. Aquí es donde las hormigas se meten al corazón (o la distancia a la cocina) si no estamos alerta y nos dejamos envolver por la monotonía de la diversidad.

Este no es un misterio de la adultez que ya logré descifrar, si alguien está igual de distanciado de sí mismo este es un buen momento para hablar: Voy a necesitar compañía durante el viaje.

Debería estar haciendo tarea

Este ha sido uno de los pensamientos más recurrentes en mi vida desde que tengo seis años. En aquel entonces, la abuela Lucha batallaba de a mentis conmigo (porque batallaba de a de veras con la diabetes) y me “obligaba” a hacer la tarea convenciéndome de que era por mi bien.

Pasaron los años y sin hacer la tarea a mí me iba maravillosamente bien la escuela (nocierto), que digo en la escuela, EN LA VIDA (tampoco es cierto) hasta que los recovecos me llevaron a un sistema en el que si me quiero educar lo hago por medio de entregas periódicas que debo hacer yo sola (tarea, pues): El sistema de universidad abierta, o como yo lo llamo “La ley de Herodes”.

No es una exageración – o quizá sí-  cuando hablo así de este sistema, la gente organizada tiene una posibilidad de sobrevivir entre todo aquello, pero uno que de milagro trae la cabeza sobre los hombros, la pasa mal. Una vez por semana veo con todos los celos del mundo a mis compañeros de clase (unos diez años más jóvenes que yo) cumplir y participar sin saber cómo pueden con todo.

Mares de lecturas y escritos arremeten contra esta pequeña embarcación bautizada “Remedo de estudiante”, que hace su mejor esfuerzo por mantenerse a flote. No voy a mentir, soy muy distraída, no me concentro fácilmente y hay días en los que salgo más confundida de lo que entré y escucho en mi mente la voz de mi abuela diciendo que ni picho, ni cacho, ni dejo batear cuando me veo sin poder concentrarme frente a algo que parece ser el hilo negro, aunque después resulte que no lo es.

Dicen que es completamente normal que con los años resulte más difícil aprender cosas nuevas y lo vengo a descubrir cuando de pronto todo lo que estudio es muchísimo, y yo estoy muy vieja y cansada para esto.

Y es ahora cuando pienso en que mi abuela tenía la razón, que sí era por mi bien. Pero ya qué, esas horas de aprender a aprender ya pasaron para mí y ahora solamente ruego tener la disciplina necesaria para acabar esta vaina que ya comencé y, por supuesto, para acabar mi tarea en el proceso.

 

Internet, divino tesoro

Busqué “internet en una imagen”. Not disappointed.

El internet es lo mejor que le ha sucedido al mundo aunque yo no le agarre la onda. Lleva y trae al mismo tiempo lo mejor y lo peor del ser humano, noticias, actualidad, chistes, pornografía, educación, idiomas, multiculturalidad, y por supuesto, gatitos.

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En la semana me enteré de que hay una cosa llamada deep web, no debe asombrarles esto, recuerden que soy una señora que de todo se asombra y en la semana también me enteré (con asombro) que hay gifs-emojis en Skype, que emoji es la palabra del año, según el diccionario de Oxford; que Charlie Sheen es VIH positivo, que para 2030 se espera una mini edad de hielo y las razones para no esperar una mini edad de hielo en 2030.

También noté que hay cosas de las que no está bien hablar. Sí, el internet censura al internet.

Preferimos pasar de largo por ciertos temas, eso me queda muy claro, y habemos individuos a los que nos gusta el arguende y andamos de detractores de lo que se deje; pero dentro de las opiniones que difieren del resto, hay unas más correctas que otras. Es evidente que no hablo de redacción o de ortografía (aunque también debería) sino de la popularidad que le da validez a las opiniones de unos y entierra en el olvido las de otros, hablo de comunes mortales que escribimos estupideces en un blog o en Facebook. Para muestra un botón: el filtro de la bandera francesa en la ya mencionada red social. Solidaridad con nuestros hermanos franceses o no, lo cierto es que creó polémica: mientras unos creíamos que era una tontería, a otros los hizo sentir más solidarios y cada bando defendió con memes su causa. E incluso ahí (yo hablo de quienes pensamos que era una tontería) hubo discrepancias: que si piensen en Siria, que si piensen en México, que mi opinión es más válida, que no es cierto es la de él… Esto me hace pensar en una frase de Winston Churcill: “el mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de 5 minutos con el votante promedio” ese que se niega a estar en un error, o este que cree que su images (9)corrección es más adecuada, aquel que cree que ya se la sabe. También me acuerdo de un profesor que tuve en preparatoria que “le teme a los hombres de un solo libro”, pero de él me acordé porque lo amaba en secreto.

 

Es muy difícil ser congruente y tolerante por amor a serlo, y en lo personal, me ha costado mucho trabajo entender que todos tienen derecho a una opinión; pero la tienen y aprender a respetarla es fundamental para alcanzar el ideal de comunidad que tenemos en mente (o que yo tengo en mente PORQUE YO ESTOY BIEN… digo, nada) No es agradable ver la realidad, pero es lo único que nos prepara para lidiar con el mundo, para ofrecer soluciones.

Pero no me hagan mucho caso, la verdad es más complicado de lo que se lee y yo tengo que averiguar si es verdad que Ben Affleck volvió con su esposa, comper.

Días gloriosos

Hay días gloriosos, días llenos de fascinación y gozo; también hay días miserables, desastrosos, días que nos hacen pensar que mejor ni nos hubiésemos levantado de la cama. El mundo lo definimos en negros y blancos; en buenos y malos, ¿por qué? Porque nos gusta el extremo.download

Hacemos la división entre los días en los que hicimos algo maravilloso con nuestras vidas o  en los que estuvimos tirando nuestro futuro por el escusado, sin detenernos a pensar en los días regulares, comunes y corrientes. Horas enteras que dedicamos a ir al súper, a ver Netflix, a revisar un perfil en Facebook que no deberíamos estar revisando… Horas que no parecían tan relevantes, y sin embargo son esos momentos a los que el corazón se aferra cuando anhela el pasado. Son las horas irrelevantes las que más extrañamos, son las más desperdiciadas.images (1)

El desperdicio del tiempo se ha convertido en algo común. A menudo escucho frases como: “No sé en qué momento subí de peso”, “de pronto ya estaba embaucado (a) con la deuda”, “estaba muy borracho(a) para saber a quién me estaba dando”… y la vida es eso que pasa mientras te emborrachaban para darte.

Un día sin darnos cuenta se había formado un estado islámico, un día ese estado islámico aplaude y se adjudica vía twitter lo que sucedió en París. Hoy el mundo se conduele con Francia, los ataques a la capital francesa han conmocionado a todos, en minutos había hashtags de apoyo: #PrayForParis, #TragediaEnParís, #MeDuelesParís #TodosSomosParís…wpid-img_20150214_160805.jpg No intento ser cínica, es una desgracia lo que ocurrió, sin embargo no es la única que ha acontecido ni la única que debería preocuparnos. La violencia ocurre justo frente a nuestros ojos, en la misma ciudad en la que vivimos, tragedias “chiquitas” que dejamos pasar sin importancia: migrantes violentados por locales en el Estado de México, represión por parte del ejército a estudiantes, un hombre colgado en un paso a desnivel; eso es lo que pasa mientras vemos Netflix. Un ser humano debería tener la obligación de preocuparse por otros, de sentir lo que sienten otros, ¿quién era el hombre que estaba colgado? ¿Quiénes viajan en La Bestia y a quiénes dejaron atrás? ¿Qué puedo hacer por ellos?

Mientras escribo estas líneas, no dejo de pensar lo mucho que anhelan ese momento poco extraordinario los familiares y amigos de aquellos que hoy dijeron “compré boletos para un concierto al rato” y no volvieron.